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La fuerza del sino

Kop van een skelet met brandende sigaret - Vincent van Gogh
[Vincent van Gogh Museum, Amsterdam - NED]


Dijo el poseído por la fatídica fuerza, Don Álvaro, el de Ángel Saavedra Rivas:
 
¡Qué carga tan insufrible
es el ambiente vital
para el mezquino mortal
que nace en signo terrible!

¡Qué eternidad tan horrible
la breve vida! Este mundo,
¡qué calabozo profundo
para el hombre desdichado
a quien mira el cielo airado
con su ceño furibundo!

Parece, sí, que a medida
que es más dura y más amarga,
más extiende, más alarga
el destino nuestra vida.

Si nos está concedida
sólo para padecer,
y debe muy breve ser
la del feliz, como en pena
de que su objeto no llena,
¡terrible cosa es nacer!

 Al que tranquilo, gozoso,
vive entre aplausos y honores,
y de inocentes amores
apura el cáliz sabroso;
cuando es más fuerte y brioso,
la muerte sus dichas huella,
sus venturas atropella; 
y yo, que infelice soy,
yo, que buscándola voy,
no pudo encontrar con ella.

 Mas ¿cómo la he de obtener,
¡desventurado de mí!,
pues cuando infeliz nací,
nací para envejecer?
 
 
No lo sé si existe el destino.

Si existirá tal vez a fuerza de nuestras propias decisiones.

O en base a las decisiones de otros.

Pero... ¿para qué nací? ¡Qué buena pregunta!

¿Nacimos nosotros también para envejecer?

¿Y qué sobre el vivir?

¿Hombres “de” o “con” ideales?

Átropos o Las Parcas - Francisco de Goya
[Museo del Prado, Madrid - ESP]

Quise dedicarme por segunda vez al tema de los hombres y sus ideales. Pensé mucho antes de publicar aquél que lleva por título “Hombres de ideales… ¿Todavía hoy?”.

Y esto por pocos, pero interesantes, motivos. No sabía qué fuese más propio decir: “Hombres de  ideales…” u “Hombres con ideales…”.

A primera vista tal disyuntiva pareciera ser poca cosa. Bueno, depende también de la vista de cada uno. Porque en verdad fue para mí a primera vista un problema, y tan sólo luego de una segunda, tercera y muchas (muchísimas) más vistas, es que me decidí.

Explico un poco lo me planteé; sin dar tantas respuestas, más queriéndolas buscar.

En el primero de los casos pareciera que son los ideales los que poseen de alguna manera a los hombres. Son hombres “de” ideales. Esta preposición podría expresar lo que en otras lenguas con desinencias sería un caso genitivo. Como que pertenecen hasta casi naturalmente. Como cuando decimos que tal persona es oriunda “de” tal país o ciudad, o es hijo o pariente “de” tal familia. Quiere decir que tales hombres pertenecen a tales ideales, son los ideales los dueños “de” estos hombres. Y mi problema fue: Entonces, ¿dónde queda mi libertad?

En el segundo, todo lo contrario. Es el hombre el dueño de sus ideales. Es un hombre “con” tal o cual credo. Le son suyos, los gobierna y si nos ponemos un poco maquiavélicos hasta diría que los manipula. Me pregunté: Y ahora, ¿qué pasó con tal ideal de perfección, superior a mí mismo? ¿Es que yo puedo, o todos nosotros podemos, imaginar y diseñar la dicha “perfección”?

Estas dos posiciones podrían también señalarse como un simple juego de palabras, digno de gramáticos, lingüistas o hasta filólogos. Para mí no es tan así, puesto que representa un modo de relacionarse de las personas.

Entonces, aparecería clara mi posición sobre este tema si se mirase el título que elegí.

Pero aún así, yo mismo me reservo la libertad de poder elegir mis propios ideales. De darles forma, y hasta colores. De ponerles imágenes, o abstraerlos de todo signo sensible. Y entonces resultaría ser que me estoy contradiciendo.

Al final de cuentas, me veo como perteneciendo a un algo que le llamo “todo”. Superior a mí, pero asimismo “de” mí dependiente. Tal vez la pregunta esté mal planteada, y no deba ponerse una disyuntiva sino una copulativa. ¿O no…?

Vengo sin más a encerrar entre signos de interrogación lo que me condujo en esta y otras reflexiones: Si mi ideal dirige mi vida, o si oriento mi vida en siguiendo tales, ¿soy yo mismo dueño de mi destino, o es éste el que juega con mi vida y decisiones?